domingo, 12 de agosto de 2012

LA TERCERA PERSONA (ÁLVARO DE LA RICA)


Dice un mantra poco compartido hoy día que “somos lo que leemos”. No estoy del todo segura sobre mi posición sobre tan rotundo y un tanto elitista adagio pero sí que creo firmemente en su reverso: “leemos lo que somos”. Cuando uno lee, proyecta necesariamente sobre el texto aquello que ha asumido previamente, bien para ratificarlo, bien para ponerlo en duda. El caso es que lo proyecta y no pocas veces en exceso, hasta el punto de forzar el objeto para acomodarlo a lo que queremos que diga. Buena parte de la crítica universitaria contemporánea se ha asentado sobre tal práctica, como con tanta crudeza como razón denunció Harold Bloom en ¿Cómo leer y por qué?
Ratifico la mayor pero hay que reconocer también que no es fácil escapar a la propia formación y quizá sea esta última, mi formación en la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo, la responsable de que haya leído La tercera persona de Álvaro de la Rica en clave estructural. Pero así invita a hacerlo su mismo título, así como el párrafo seleccionado sabiamente por los editores de Alfabia para la contraportada. La tercera persona, recuerdo de mis clases de Lingüística General y Sintaxis latina, es la no-persona, aquella que no es ni el hablante ni el oyente y, por tanto, debe siempre ser identificada por el sujeto. En el estructuralismo las cosas se definen por sus relaciones con las demás y, las más de las veces, de manera privativa. El fonema /p/ es no sonoro, frente a la /b/, que sí lo es. Y es este único rasgo el que nos permite distinguir los significantes y, en consecuencia, significados de ‘pata’ y ‘bata’. 


¿Muy árido para agosto? Puede ser, pero así es como he leído la lírica, profunda y densa -por todas sus implicaciones- historia de amor y desamor entre Jacob y Claire. Para Claire, Jacob no es tanto Jacob como alguien que no es su marido, mientras que ésta es para aquel alguien distinto a su mujer. Nos definimos, se desprende de este conciso pero vasto relato, por nuestras relaciones con los demás y, por ello, las más de las veces no hay happy end que valga y uno acaba enfrentado a un destino cruel o Moira, como Jacob. ¡Ojalá nuestra felicidad dependiera tan sólo de nosotros mismos! ansiaba la desdichada y sufrida Elinor de Juicio y Sentimiento de Jane Austen. Pero una vez más me estoy dejando llevar por “mi circunstancia”, que diría Ortega, cuando, en realidad, este pequeño volumen se halla más próximo en tono y ecos -el Antiguo Testamento, la Shoah, Auschwitz...- a la tradición centroeuropea que a la campiña inglesa. Si algo tiene de anglosajón La tercera persona, es su prosa, precisa y certera, poco dada al artificio y un regalo para el lector.
En fin, es tarde y he divagado más de la cuenta, creo. No hagan demasiado caso de mis disquisiciones teóricas y lean, lean.